dimanche 5 septembre 2010

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Pero la veía hermosa como estaba, tendida sobre el brazo de Edward, con el vestido recogido en torno a los muslos y mechones de pelo revuelto esparcidos sobre el cobertor. Una reina del sol. Se besaron otra vez. Él sentía náuseas de indecisión y deseo. Para desvestirse habría tenido que alterar aquella prometedora postura de sus cuerpos y arriesgarse a romper el sortilegio. Un ligero cambio, una combinación de factores minúsculos, pequeños céfiros de duda y ella podría cambiar de idea.
[Chesil Beach, Ian McEwan]